Today’s gospel is addressed to “those who were convinced of their own righteousness and despised everyone else.” The parable’s message goes further than to simply encourage generic humility. Jesus targets the disdain for others at the core of this particular type of spiritual pride. It is not only the confidence of the Pharisee that is amiss here, but, more deeply, the hatred and disgust it produces and justifies. This poisonous religious attitude shares many qualities with xenophobia, or fear of the stranger. It may seem odd for the prideful prayer of the Pharisee to be understood as fear, but this reversal allows us to see the true courage in the prayer of the tax collector. Perhaps this is part of why the latter goes home justified and the former does not. The tax collector’s humility allows him to present himself before the Lord with an honesty that the Pharisee, for all his merits, cannot. Furthermore, the sinful tax collector asking for the mercy of God is not led to despise the Pharisee in the way the Pharisee and Jesus’ intended audience despise everyone else. The lesson here is that a goodness that leads to moral slumber can bear evil fruits like xenophobia just as the sin that awakens our conscience can bear the good fruit of humility and mercy. www.uscatholic.org
El evangelio de hoy se dirige a “aquellos que estaban convencidos de su propia justicia y despreciaban a todos los demás”. El mensaje de la parábola va más allá de simplemente fomentar la humildad genérica. Jesús ataca el desprecio por los demás, que es la raíz de este tipo particular de orgullo espiritual. No solo falla la confianza del fariseo, sino, más profundamente, el odio y el asco que produce y justifica. Esta tóxica actitud religiosa comparte muchas cualidades con la xenofobia, o el miedo al extranjero. Puede parecer extraño que la oración orgullosa del fariseo se interprete como miedo, pero esta inversión nos permite ver la verdadera valentía en la oración del publicano. Quizás esto sea parte de la razón por la que este último regresa a casa justificado y el primero no. La humildad del publicano le permite presentarse ante el Señor con una honestidad que el fariseo, a pesar de todos sus méritos, no puede. Además, el recaudador de impuestos pecador que implora la misericordia de Dios no se ve inducido a despreciar al fariseo como este y el público al que se dirigía Jesús desprecian a todos los demás. La lección aquí es que una bondad que conduce al letargo moral puede dar frutos malos como la xenofobia, así como el pecado que despierta nuestra conciencia puede dar frutos buenos como la humildad y la misericordia.